La historia de mi primer parto en casa


Ya estaba todo listo. Aquí parimos.

Llega la semana 40 y con ella la sensación de que el parto es inminente. Aunque, la ansiedad había llegado con la semana 37, ya que había leído que, teóricamente, los bebés ya están “a término” para esa fecha, y así estuve tratando de tener todo listo para la semana 37 y aún más listo para la semana 40.


Afortunadamente mi partera, Yoya, llegó para mi semana 38 y con ella, llegó la paz, la tranquilidad y la confianza. Ella se instaló en casa, lo cual fue un privilegio que nos permitió entablar una relación especial, una conexión que permanecerá. Su serenidad fue fundamental, igual que su paciencia, porque yo ya sentía muchas cosas que me abrumaban. No sólo estar enorme, con cuarenta semanas, sino porque esa misma semana 38 me había realizado la pelvimetría tras habérmelo ordenado mi doctora de control prenatal. Debo decir, que a sabiendas de que no era la Dra que me daba confianza, realicé mis controles de rutina hasta esa semana 38. Me dice: “Hazte la pelvimetría y la semana que viene te hacemos un tacto”. Estas palabras me causaron cierta sospecha, cierta molestia. Sentía que si volvía me inducirían el parto, acabando con mi sueño de parir en casa naturalmente.


El resultado de la pelvimetría decía “pelvis límite”. Claramente, mi cabeza pensaba cosas que mi corazón se resistía a aprobar. Yo había leído que la pelvis en realidad se expandía mucho más durante el parto gracias a las hormonas que se segregan como la relaxina. Además, había leído de muchas situaciones de riesgo por pelvis estrechas. Así que me sentía algo confundida por poner en riesgo a mi bebé. Sin embargo, mi historia familiar tiene grandes y buenas paridoras, así que ¿por qué yo no podría? ¿por qué decía “pelvis límite” si esa radiografía no había sido tomada de cuclillas cuando la pelvis se expande 33% más de su tamaño? Mi cabeza razonaba: si tienes 38 semanas y dice que tu pelvis es “límite”, es decir, hay que parir ya, ¿cómo será la cabeza de mi bebé en 2 semanas o más? En fin, las medidas del radiopelvimetría decían que la cabeza de mi bebé ya estaba alcanzando los límites de la parte más estrecha de mi pelvis, sin hormonas, sin fe, sin ganas, sólo eso. Lloré y sólo dejé salir con las lágrimas la angustia y la incertidumbre.


Yo sabía que podía parir. No quiero decir con esto que no sea importante hacerse exámenes o que yo sea negligente de poner en riesgo a mi bebé, repito, las medidas eran bastante cercanas y simplemente había escuchado muchas veces que los doctores utilizan este tipo de estudios para inducir partos sin dar la oportunidad a la parturienta de llegar a tener contracciones de 1 minuto cada 5 minutos durante 1 hora (la regla de 5-1-1). Esta es la única forma de saber si se puede parir o no, porque si ya estás en ese punto, después de un tiempo considerable, significa que es posible. (Estos argumentos están disponibles en la web). Sin embargo, hay algo que se llama fe y conocimiento, y digamos que me jugué el todo por el todo aunque suene desafiante.

Estuve todo mi embarazo documentándome y elevando mi espíritu por la infinita gratitud que sentía por poder estar embarazada y poder decidir cómo quiero que sea mi parto. Esto es empoderarse, y ese siempre fue mi deseo.

Semana 40+6:

La semana 40 fue una semana de largas caminatas a la montaña, al río, a invocar las aguas, de ejercicios intensos para expandir mi pelvis, de sueños con el parto, de esperar ver el famoso tapón mucoso, de tener que imaginar cómo serían mis contracciones, de amar a mi esposo, de tener miedo, de tener cada vez más ganas de parir.

Domingo 26 de octubre, 6 am:

Siento una puntada en mi vientre, como un apretón que me pone la panza dura. Ya había sentido las contracciones de Braxton y sabía identificarlas. Esta vez eran igual pero con una leve puntada en el vientre. “Los calambres menstruales” pensé. Esa era la descripción de las contracciones que había leído en la web. Le avisé a mi esposo y seguimos durmiendo ya que días antes había sentido lo mismo cada 20 minutos y luego simplemente desaparecieron. A la hora me despierto con la misma sensación y conté el tiempo del apretón (contracción-expansión) y duraba 1 minuto. Intenté seguir durmiendo y a la hora siguiente, la misma sensación. Así estuve hasta las 10 am, contando contracciones cada hora y luego cada 30 minutos que duraban cerca de 1 minuto cada una. Mi partera había salido a caminar y cuando regresó le dije: “tengo contracciones desde las 6 am”. Me miró con su sonrisa serena y acomodamos todo (nuevamente) en el cuarto.


Tendí la cama, la empujamos como lo habíamos previsto, le colocamos plástico por debajo. Mi altar de parto ya estaba ubicado con los inciensos, velas y demás objetos “de poder”. Fui a mi altar budista en la sala y canté daimoku e hice gonguio como cada mañana, sintiendo que era el momento de agradecer y orar por la felicidad de mi bebé. Le avisé a mi madre que ya estaba en casa hacía varias semanas apoyándome con todo.

Comienza la sensación de que "es el día". Estuve “cantando” las contracciones. Vocalizaba con la letra A mientras sentía las contracciones. Esto también permitía a la partera saber exactamente cuanto duraban y saber por mi voz la intensidad. Lentamente comenzaba a mentalizarme que efectivamente estaba iniciando mi trabajo de parto ¡Al fin!Mi mente estaba visualizando mis caderas y mi pelvis. Me movía de un lado al otro. Usé la pelota de yoga de mil formas y así pasamos un buen rato. En este lapso pudimos todos conectarnos con la llegada del gran día.

Swami tenía 4 años, y entraba a la habitación a darme aliento. Desde siempre estuvimos preparándolo para este día. Sabía que su hermanito nacería por la vagina y entonces se asomaba y me decía: "ya viene, mamá, ya le veo el pipicito". Y todos reíamos. La risa ayuda a relajar sobre todo en esta fase donde todavía estamos "a media máquina". Igual la vocalización, "so above, so below" (como es arriba es abajo) por eso me concentraba en abrir mi boca con cada contracción, mejor dicho, con cada "expansión". No quería cerrar o tensar mi mandíbula porque sabía que se reflejaría abajo.

De repente la partera decide escuchar el corazón del bebé. Todo bien. Me pregunta si puede realizarme un tacto. Lo realiza y me dice que estamos bien, tal vez unos 7 cm de dilatación. No lo podía creer. Me parecía un buen número. Decido bañarme. La partera me da agua tibia con hojas de cayena y botones de auyama. Me baño largo rato. Luego abro la ducha y me quedé allí disfrutando del agua caliente caer sobre mi pelvis. Aliviaba bastante la presión que sentía allí. Al salir me cambié y me vestí con una falda cómoda y no tan larga y un top. Quería estar cómoda.


Sigo con la pelota otro rato y luego intentamos una serie de posiciones que la partera me iba sugiriendo para seguir abriendo y que bajara el bebé. Así que me senté en un tobo colocando un paño en el borde para facilitar mi sentada. Era como estar sentada en la poceta (w.c), es decir el hecho de apoyar los isquiones ayudaba al descenso aprovechado la gravedad. Se acentuaban mis dolores aunque confieso que traté de pensar que no eran dolores, pero la verdad cada vez se intensificaba la sensación que me dejaba cada expansión. Luego intentamos otra posición: mi esposo sentado en el suelo con las rodillas levantadas y yo sentada sobre sus rodillas, cada isquión en cada rodilla, para... Seguir abriendo. Al fin expulso el tapón mucoso.

Mi suegra y mi madre también me ayudaron. Ellas de pie atrás de mi sosteniéndome por las axilas y yo agachada respirando y gimiendo. Cantamos daimoku e invocamos a esa fuerza mística que hay en cada una. Fue hermoso. No sé cuanto tiempo pasó. Yo había prohibido el uso de relojes y celulares así que solo la luz exterior podía indicar el paso del tiempo. Estábamos en un no espacio - no tiempo. Yo sólo pensaba en parir a mi hijo, en hacer mi trabajo y en sacar de mi cabeza toda distracción de esta misión.

Decidimos pasar a la cama. Allí me quedé un rato con mis esposo. Abrazos, besos y caricias ayudaron a celebrar que estábamos pariendo poco a poco y que por fin conoceríamos a nuestro hijo. Sus palabras de aliento resonaban dentro de mí. Nos admirábamos y amábamos como la familia que somos, y que ahora crecería. Confiábamos el uno en el otro, él en Cristo y yo en Nam Myoho Rengue Kyo, los dos en nuestro bebé y el milagro de la vida.

Las contracciones venían cada vez mas seguidas e intensas. Sentía ganas de gritar un poco más. La partera llega después de dejarnos un rato a solas. Me sugiere que me quede recostada de mi esposo y flexionando las piernas, es decir casi como si fuera una cama de parto. Yo sujetaba mis muslos por abajo y hacía presión hacia mi para que con cada expansión abajo descendiera más. Era muy intensa la presión en mi vagina, realmente era una posición que no me gustaba mucho, pero parecía estar ayudando. La partera me guiaba para que con cada oleada optimizara mi cuerpo a favor del bebé y que respirara abajo. Recordé respirar no para evadir el dolor sino para surfear la sensación.

De repente ya era de noche. Esto me impactó pero no permití que fuera un impacto negativo, al contrario, sentí que evidentemente llevábamos todo el día trabajando juntos y que no tardaría en llegar nuestro hijo. Para este momento debían ser las 10 pm. (Cálculo que saco ahora con la mente en frío y reconstruyo la historia con ayuda de mi esposo).Yoya, la partera, decide hacer otro tacto y escuchar el corazón. El bebé estaba cerca, debíamos seguir abriendo el canal. Sentí la urgencia de ponerme en cuatro patas, en el suelo. Veía gotas de sangre. Quería agacharme. Lo hice. Gritaba. Mi tótem salía. Era una gorila que gritaba desde la vagina hasta la boca. Era una dragona que sacaba fuego por la boca. Yo solo pensaba en ser un animal. Sentí ganas de evacuar. Evacué en un tobo. Sentí ganas de orinar, lo hice. Sentí ganas de vomitar, y lo hice también (Esto fue debido a una bebida de cogollos de higo que me había dado la partera para ayudar a las contracciones pero tiene esta particularidad de que puede hacerte vomitar. Esto ayuda a que el cuerpo se enfoque en limpiar y no en hacer digestión). El parto es también un proceso de sanación, donde nuestra historia familiar cambia y nuestra psique también sana.

No me importaba nada, debía "ser un animal". Mi esposo y la partera amarraron unas telas de la reja de la ventana para colgarme. Mi esposo estaba detrás de mi. Yo me sujetaba de las telas con los brazos haciendo fuerza para quedar guindada, agachada y la partera estaba frente a mí. Colocando sus rodillas en la parte trasera de mis muslos para yo quedar sentada y descansar antes de cada pujo. Acá ya sentía ganas de pujar. Cada pujo venía de forma intempestiva dejándome exhausta y tenía algunos segundos para prepararme para el próximo. Suspiré un par de veces mirando la partera diciéndole: ay, Yoya... No me atreví a decir que estaba cansada y que sentía que no podía más. Me prohibí decir cosas así. Ya era suficiente con las ideas repentinas que llegaban a mi cabeza de ir al ambulatorio o de dudar simplemente.

Vino el deseo de pujar y con el las ganas de gritar esa furia. "Corona ese bebé, Cecita" me decía Yoya, ya estaba cerca mi bebé. Al poco tiempo me dijo: "toca la cabecita", y yo, no podía creerlo. Me toco y siento un bultito blando... ¡Era su cabecita dentro del saco amniótico! Me causó tanta impresión y emoción, que sentí una oleada de nuevas fuerzas para tenerlo en mis brazos. Fueron tal vez unas 3, 4 pujadas más, de esas que salen del útero y estremecen todo el cuerpo, las paredes y los corazones de los que estábamos siendo parte de esto.


Sentía por fin el aro de fuego. El ardor se volvió intenso, faltaba poco, lo sabía. Sentía por fin que cada pujada era más fuerte que yo y que no podía controlarla, era el reflejo expulsivo, pensé. Recordé una frase que leí que decía que se pujaba como si fuera la "cagada mas grande de tu vida". Obviamente esto en un sentido muy biológico. Eran las ganas de evacuar mas fuertes de mi vida. La partera me decía: "¡puja, Cecita, como si te fueras a morir, puja duro!" Y yo, sintiendo que de veras estaba en un estado de trance tan fuerte y poderoso, fui muriendo en cada pujo, respirando jadeantemente para enviar mucho oxígeno a mi hijo y en cuestión de 20 minutos, una sola pujada y mi bebé salió como un cohete abandonando la panza y dejándome sin aire, sin aliento, sin palabras y sin mayor alegría que recibirlo como lo habíamos deseado. Estaba estupefacta viéndolo. Su perfección me sublimó. "Te amo, hijo, bienvenido, que bello eres, mi amor" fueron las palabras que pude pronunciar entre temblores que llegaban a mi cuerpo tras el gran esfuerzo que había realizado.

Traía dos vueltas de cordón. Yoya se las quitó y me lo puso en brazos inmediatamente. Lo amé con todo mi ser. Lo miraba sin creerlo. ¡Lo había logrado! Alabamos a todas las fuerzas superiores del universo y dimos gracias por este milagro. Simón Alirio ha llegado ¡Bienvenido, guerrero!

La placenta y el cordón:

A los pocos minutos la siguiente contracción expulsó mi placenta hermosa. Yoya y yo pellizcamos un pedacito y comimos. Ahora está congelada esperando el momento para hacer las cápsulas de placenta. Esperamos que el cordón dejara de latir y mi esposo lo cortó.

Así concluye la historia de mi parto con el nacimiento de mi leoncito a las 11.56 pm del 26 de octubre de 2014. Pesó 3,500 kg y midió 53 cm de purito amor, salud y vida.

Nota personal:

En realidad las últimas 4 horas del trabajo de parto son las más intensas. Procurar pasar las horas previas a esto guardando la mayor cantidad de energía posible. Acostada en cama si es posible y tratar de no estar en el piso tanto tiempo. Yo estuve mucho tiempo en la pelota y en el piso y siento que esto hizo que al final estuviera realmente muy cansada. Sin embargo, la fuerza verdadera viene de la voluntad, de adentro, aunque es cierto que la parte física es fundamental. Estar en forma y preparada. Los días siguientes a parto estuve con dolor de cuerpo como si hubiera corrido un ultra maratón durante 18 horas. Claramente, ya nada de eso importa cuando ves a tu hijo a tu lado.

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